Ayer, inadvertidamente, he tenido la sorpresa de encontrar, en medio de la basura televisiva habitual, un repo a Sandra Mihanovich. ¡Cuánto tiempo hacía que no la recordaba!
Durante la entrevista cantó "Puerto Pollensa" y "Soy lo que Soy"... Aquellas canciones me llevaron directamente a la maravillosa época de los ochenta: a mi antiguo barrio, aquél con tantas características de pueblo; al amor platónico y sin esperanzas por aquél "amigo de una amiga", las tardes de teatro... ¡y la juventud plena!.
Casi por las mismas épocas, cuando el tema estaba completamente en boga, llegó, efectivamente, el primer amor; aquél jujeñito de torso espectacular, mirada dulcísima y piel morena, a quien tanto quise... y que aún extraño, a veces ¿es que acaso puede olvidarse alguna vez nuestra primera relacion?
Puerto Pollensa nos acompañó en muchísimas noches, muchas veces mal rasgado desde la guitarra de Juanpa o Rubén, mientras rodeábamos un fueguito en mdedio de la plaza, en una noche de verano, o mientras una gran cantidad de carpas coloreaban un vallecito en Los Gigantes, durante aquellos inolvidables campamentos, o las noches pasadas dentro de las diminutas grutas en los falderos de Los Mogotes...
Era también el tiempo en que tenía encerrada en el alma y en la garganta toda la rebeldía gay, que no se atrevía del todo a expresarse... y Sandra, Celeste y Marilina, entre tantos otros, eran un ejemplo de aquél grito de libertad que yo mismo no profería.
Una canción puede contener tantas cosas, encerrar tanta nostalgia!. Es una verdadera caja de Pandora, de la cual son capaces de surgir los fantasmas más inesperados.
Han pasado ya muchos años desde todo aquello; tantos, en realidad, como los que yo mismo tenía por entonces, y sin embargo, hay cosas que siguen siendo exactamente iguales. Todavía conservo la esperanza, romántica e ingenua, de encontrar alguna vez el verdadero amor... a pesar de haber dejado atrás mi primera juventud. Aún sigo amando a los jóvenes con identica intensidad... y de hecho, lo seguiré haciendo. Seguiré disfrutando de sus cuerpos con el mismo ardor, y de sus mentes con la misma emoción orgullosa con la que hoy admiro esa valentía, esa fuerza y esas esperanzas; aunque sepa que resultan fáciles, en su caso, porque el mundo entero les pertenece por derecho, y la vida aún no les ha golpeado demasiado.
¡GRACIAS, SANDRA!




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